sábado, 4 de junio de 2011

LIBERTAD E IGUALDAD PRODUCE LA FRATERNIDAD

La triple libertad de nuestro himno nacional es notoriamente una trinidad. Resulta que el Dios de la modernidad con sentido amplio, sentido por Rousseau como absoluto es la libertad, es la naturaleza divina que nos mide en cuanto hombres. Remitimos al Emilio, libro que fue quemado en varias capitales ¿Y por qué trinidad? Porque ocupa el lugar del Dios revelado en el Nuevo Testamento que determina el pensar de la época media. Pero en esta tercera época el Dios revelado por Jesucristo quedó sometido (en calidad de religión histórica) al Estado cuyo principio es la libertad. Está mencionado como Dios fuente de toda razón y justicia. Esta es la forma, la causa formal a que nos hemos referido, condición sine qua non de la nación. Precisamente la causa material se justifica al mismo tiempo por la irrupción de la libertad de las naciones en la economía política de Adam Smith, llamado por Alberdi el Homero de la economía política. Y de la acumulación de capital de la economía se posibilita la igualdad de oportunidades en la sociedad civil: salud, educación, profesión, negocios. Libertad e igualdad se hacen posibles con la riqueza de las naciones.
Libertad e igualdad son base de la fraternidad y el estado las contiene.
¿Pero cómo se hará real y efectiva? ¿Cómo será real si no hubiera para el hombre creado un fin último que es la paz dada por la redención, expresada comunitariamente en la justicia social, la cual está fundamentada en la bondad del Dios revelado que es Padre, Hijo y Espíritu Santo? El hombre en cuanto hombre es libre pero en cuanto creado tiene una relación necesaria con la eternidad y el ser eterno: así se le reveló en la Biblia y expresado en el Credo.
Hay que repetirlo: LA JUSTICIA SOCIAL es fundamento de la Encíclica Cuarenta años (Quadragesimo anno) de la cual tomó su nombre el Movimiento Nacional Justicialista. Perón lo certificó en el Modelo Argentino al final de su vida. Sabemos que Frondizi subrayó también este orden y que anticipó la Populorum Progressio bosquejándola en su gobierno (cf. cartas a Juan XXIII). Así ha sido en la historia de la Argentina y no podemos omitirlo por más borrado que hoy esté.
Hemos dicho que la Justicia social no encontró la base material del desarrollo en el momento de su aparición para que diera frutos permanentes. Sin embargo ambos momentos, desarrollo y justicia social, se enfrentaron con el enemigo de la nación que separó y confundió hasta ahora al Movimiento Nacional, que por cierto exige, como hemos visto un pensamiento de tercer nivel: un pensamiento especulativo en los dirigentes que será acompañado por un instinto nacional en el pueblo convocado.
El destino de una Nación no es algo que dependa de voluntades humanas ni que pueda ser definitivamente frustrado por voluntades enemigas. La unidad de las voluntades humanas exige virtud de quienes conducen, la virtud de la justicia, de la prudencia y aquella virtud de las virtudes que produce la paz.
Nosotros –en la Logotectónica- vemos la distinción de las tres épocas que forman la totalidad de la historia, frente a la cual está la modernidad con sentido singular de Marx a Heidegger, debajo de la cual está nuestro presente ya concluso: la submodernidad. Distinguir es conocer racionalmente y es y ha sido cosa del pensamiento puro.
“Hay más cosas Horacio de lo que sueña tu particular filosofía”.

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