La respuesta sería abstracta así: el todo. Habría que determinar de qué se trata. Decimos que el todo es el resultado del movimiento de la historia, que implica para ser histórico, una autoconciencia progresiva a través de momentos que deben integrarse a ella para que sea historia (historia implica conocer, autoconocerse, hay historia cuando nos apropiamos de nuestro pasado en el presente). Esa integración primera es la Constitución, núcleo de la historia, que expresa manifiestamente una síntesis, fundamentada por el derecho vuelto transparente que se proyecta en el tiempo.
¿Quién ha de tener razón sino la razón? La expresa la sentencia final de todo preámbulo: “Dios fuente de toda razón y justicia”. Las partes pueden ser partidos que compitan por espacios políticos o bien orgánicamente sectores productivos o educativos o de servicios o artísticos donde; las ideologías en cuanto postulaciones que eluden la historia buscando el punto cero, la pureza que desecha a los impuros, serán superestructuras opinativas: la historia integra ¿perdona?
Entonces, más allá de sus ideologías los partidos políticos orgánicamente (constitucionalmente) son productores de cargos para la división de poderes del estado. La defensa nacional, la policía y la justicia son parte orgánica del estado. El estado es ese todo preexistente en el ser y efectivo en la Constitución. Quien vulnera esto produce un desorden, más que ecológico, ontológico. Hemos mencionado antes la contra historia en cuanto contraría la destinación de la historia buscando el punto cero de los “catharoi”.
El problema de “quien tiene razón” vulgarmente se refiere a la opinión de los individuos, nucleados o no en partidos, grupos o solitarios que usurpan de por sí la denominación de razón o verdad. Se oye decir: “cada uno piensa distinto”. La opinión con todo aunque vitalmente importante trata apenas de lo verosímil. Las opiniones crecen en el terreno del campo político o social ( pueden quedar fijadas en lo abstracto del entendimiento o fluidificarse en la razón negativa para confluir en lo positivo de la integración especulativa) y deben acallarse ante el fin o bien común, ante lo que pertenece al ámbito de la nación. La discusión finalmente debe sosegarse o se sosiega con posterioridad en la razón , en la lección integradora de la historia (antiguas discusiones pierden significación en la siempre presente verdad).
En fin, para evitar que esto parezca utópico hay que decir que sólo allí, en la patria, se puede habitar (Rousseau: sólo se habita en la región de la quimera) y poseer el don de la paz, meta indiscutible que está al comienzo de todo el ser (solo o en convivencia). Lo primero en la intención es lo último en la consecución y está en acto o es real en el movimiento cuyo fin es la paz.La paz es la última palabra de la hitoria (Juan Pablo II) Y si esta marcha parece imposible y condenada al fracaso por las acciones individuales de los hombres (a nadie se le ocurre abjurar de la humanidad por la existencia de los abusos del poder ¿o sí eso es lo que se ensaya?) es por aquello que escribieron talentosos escritores de un libro llamado “Génesis” por la tradición occidental, donde se describe el origen del desequilibrio del hombre que apeteció conocer el bien y el mal y arrostró las consecuencias: el dolor y la muerte. En ese origen el escritor vio abierta la puerta para la redención de aquellas nuevas condicionantes de la existencia, resultantes de su conocer.
Y efectivamente la humanidad no está condenada al fracaso aunque muchos o algunos quieran condenarse siguiendo el impulso thanático que Freud descubrió en el inconciente (al fin, un judío educado en la TORAH).
Hay que señalar –ya que mencionamos la Torah- que personaje principal en esta historia es el enemigo del hombre, el “homicida desde el principio”, el calumniador (diabolos), el “deceptor”, el contradictor, que nos da la “impresión” del fracaso o que estamos condenados a él en este presente ya por la maldad incurable de una y otra parte. La contradicción asumida por los hombres deja el campo sembrado de cadáveres. La decepción es un desafío para el héroe, el santo y el ciudadano que saben finalmente sortearla. Y la oración concluye: no nos dejes caer en la tentación pero líbranos del mal.
En la historia integradora de los pueblos el enemigo separa y decepciona en orden a dejar partidos irreconciliables que no creen tener la obligación de escuchar la amonestación: “¿cuantas veces perdonaré a mi enemigo?”. Y Frigerio en su libro primerizo ya citado dedica claras líneas al enemigo de la Nación.
Lo peor del homicida es si logra que olvidemos el ser personas que está antes y después de todo: no hay cosidad en ella o condiciones biológicas ni culturales y es en su ser pura relación y cercanía de sí con las otras PERSONAS EN EL SER, DIFERENTE QUE LOS ENTES.
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