Así como por la desesperación desprecia uno la divina misericordia en que se apoya la esperanza, por la presunción uno menosprecia la justicia divina que castigalos pecadores. Resulta pues una desordenada conversión a Dios de quien se espera ser salvado pero sin penitencia tras el pecado o sin méritos para la gloria, despreciando el auxilio del Espíritu Santo para ambas cosas.
Y así como es falso que Dios no perdone a los penitentes o que no traiga a los pecadores a penitencia también lo es que conceda perdón a quienes perseveran en los pecados y dé la gloria a quienes dejan de obrar el bien. La presunción pues en cuanto reposa sobre la propia voluntad surge de la vanagloria según San Gregorio (Moralia) pero en cuanto espera de Dios la gloria sin méritos o el perdón sin penitencia surge de la soberbia.
Vemos así cómo la presunción oculta con la misericordia la necesaria justicia y no cree que debe ganar el perdón con la necesaria penitencia y avanza en el pecado. Todo esto encuentra hoy por parte de escritores cierto desarrollo efectista que apela a la curiosidad cuando se ocupan de los pecados capitales en forma suelta.
La santidad exige un preciso dibujo del mapa del laberinto que forman los pecados cuando las virtudes se apagan. El alma es tan delicada como la piel de un bebé y cuando un pecado la toca produce aquello de: EL BIEN SURGE DE UNA ÍNTEGRA CAUSA, EL MAL DE CUALQUIER DEFECTO. Por un pequeño orificio se pierde la nafta de un tanque de nafta y nos deja en el camino.
Admira hoy el descubrir en el sistema de la ciencia sagrada que desde la diferencia absoluta de ser y ente se puede ver en la plenitud de la gracia el bien en el sistema racional de las virtudes y el mal en sus pecados opuestos: como tiene que ser y como no debe ser. Cómo es, cómo obramos bajo el ingreso de los males en nosotros no tenemos que estudiarlo: lo sufrimos todos los días.
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