Los malos se han ido pero los males permanecen. En esto hay que pensar en el origen del mal. Si siempre habrá pobres entre nosotros también habrá malos y por ende males.
Vivir de espaldas al origen del mal hará por siempre falso el diagnóstico. Pero las cosas que acontecen, es decir el tiempo no dependen exclusivamente de los hombres que por lo demás como malos, buenos o regulares tendrán un juicio de residencia por el gobierno de sus cosas como corresponde a la racionalidad de las acciones.
Los malos y los males no detienen la mostración o desenvolvimiento de la verdad. En el orden institucional se ve clarísimamente, lo haya querido o no el rey Juan sin Tierra las Cartas Magnas avanzan.
Lo que nubla la vista es la pluralidad de los intereses particulares en medio. Efectivamente la inmediatez del desenvolvimiento de las cosas está en otra dimensión que la de la verdad. Por eso aunque se piense en erradicar los males los malos permanecen.
Quienes verdaderamente promueven la verdad y la paz perforan esta dimensión y dentro de ella no tienen comprensión sino una desconfianza mezclada con desprecio por atreverse a conectar el mundo inmediato con la verdad.
"¿Cual es la verdad?" preguntan con aparentemente escepticismo, agregando: "cada uno tiene la suya".
La pregunta por la verdad tiene que ser sincera y si lo es se va hallando por la senda estrecha los mojones:
primero la humildad, luego la mansedumbre, tercero la mortificación o asunción de los dolores, cuarto el hambre y sed de justicia, quinto la misericordia, sexto la pureza de corazón y finalmente la capacidad de hacer la paz caminando por la verdad: la caridad o amistad íntima con aquel a quien Dios envió, llamado Hijo de Dios. Él será juez de nuestras acciones, maestro de nuestro saber y amigo por cercanía. Su humanidad "histórica" encuentra al contradictor. Su aversión explica el origen del mal en nosotros aunque el mal no tenga más explicación que el no poder o querer amar la revelación de Dios, que es el mismo amor.
Entramos por una puerta angosta y nos encontramos al final con la verdad, la paz, que es fin -como dijo Aristóteles- de la política.
La política de los estados es producir la paz en todo.
Vivir de espaldas al origen del mal hará por siempre falso el diagnóstico. Pero las cosas que acontecen, es decir el tiempo no dependen exclusivamente de los hombres que por lo demás como malos, buenos o regulares tendrán un juicio de residencia por el gobierno de sus cosas como corresponde a la racionalidad de las acciones.
Los malos y los males no detienen la mostración o desenvolvimiento de la verdad. En el orden institucional se ve clarísimamente, lo haya querido o no el rey Juan sin Tierra las Cartas Magnas avanzan.
Lo que nubla la vista es la pluralidad de los intereses particulares en medio. Efectivamente la inmediatez del desenvolvimiento de las cosas está en otra dimensión que la de la verdad. Por eso aunque se piense en erradicar los males los malos permanecen.
Quienes verdaderamente promueven la verdad y la paz perforan esta dimensión y dentro de ella no tienen comprensión sino una desconfianza mezclada con desprecio por atreverse a conectar el mundo inmediato con la verdad.
"¿Cual es la verdad?" preguntan con aparentemente escepticismo, agregando: "cada uno tiene la suya".
La pregunta por la verdad tiene que ser sincera y si lo es se va hallando por la senda estrecha los mojones:
primero la humildad, luego la mansedumbre, tercero la mortificación o asunción de los dolores, cuarto el hambre y sed de justicia, quinto la misericordia, sexto la pureza de corazón y finalmente la capacidad de hacer la paz caminando por la verdad: la caridad o amistad íntima con aquel a quien Dios envió, llamado Hijo de Dios. Él será juez de nuestras acciones, maestro de nuestro saber y amigo por cercanía. Su humanidad "histórica" encuentra al contradictor. Su aversión explica el origen del mal en nosotros aunque el mal no tenga más explicación que el no poder o querer amar la revelación de Dios, que es el mismo amor.
Entramos por una puerta angosta y nos encontramos al final con la verdad, la paz, que es fin -como dijo Aristóteles- de la política.
La política de los estados es producir la paz en todo.
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